Lleva sombrero de ala ancha. Tiene más de cien, dice. Siempre que le veo lleva el mismo: uno negro, polvoriento, con adornos alrededor de la copa. Cree que viste bien, que le respetan, que merece más de lo que tiene… Un perdedor. Simpático en pequeñas dosis.
Hoy no me ha saludado. No me ha visto. La última vez me pagó dos copas; puede que sí me haya visto. Dos chavales beben cerveza a su lado: uno pone a escondidas virutas de servilletas sobre el sombrero, el otro ríe agudamente mientras le pide que vuelva a contar la historia de su amigo el andaluz. Él lo hace. Se siente feliz al escucharse, el público es lo de menos. Pronto los dos muchachos crecen en impertinencia, Damián les llama la atención. Validez del rapapolvos: dos minutos aproximadamente. El hombre del sombrero huye al servicio. Se cruza conmigo.
-Hola poeta. Voy a mear.-Sonríe
-Hola ¿todo bien?.-Aumenta su sonrisa.
Sale con el sobrero en la mano, se coloca las cuatro canas que le quedan y vuelve a cubrirse la azotea. Se sube la bragueta. Muy delicado no es. Vuelve a detenerse a mi lado. No habla. Quiere librarse de aquellos dos pero no está para regates, necesita un buen extremo izquierdo. Eso puedo hacerlo.
-¿Has empezado ya tu novela? –le digo. Se sorprende al descubrir que el otro día le presté atención.
-Bueno. Verás, en realidad estoy con dos a la vez. –Mira al techo mientras habla.
-Genial. ¿Y de qué tratan? No debe de ser fácil alternar dos historias.
-No he decidido aún la temática, pero tengo el título de las dos. –Lo dice tan jodidamente convencido… Esta vez no me ha quedado otra que reírme. Él me mira. Sonríe también. Su sinceridad me incomoda, pero es soportable.-El título es lo más difícil.
-Así que sólo te queda lo más fácil. –Qué crack, pienso. Asiente y pide dos copas.
-Cerveza, estoy tomando cerveza. – No estoy yo para mezclas.
-Tú mismo.
Mira hacia el otro extremo del local. El de las servilletas y el otro ya se han ido. Sabe que he asistido al espectáculo. Comienza su explicación-excusa-estratagema para dejar las cosas claras:
“Son idiotas. La gente no se da cuenta de que soy un genio. ¿Sabes? Mi cerebro está doscientos años adelantado al de cualquiera. Llevo años investigando el universo. Algún día iré a la NASA y les deslumbraré con mis teorías, daré conferencias por todo el país. A ver quien tiene huevos de llevarme la contraria. Les diré: “ustedes, señores, no saben nada de nada”. Doscientos años, poeta. Doscientos”
Saca una tarjeta del bolsillo de la camisa. Bajo su nombre dice exactamente: Investigador del universo y filósofo. Continúa habándome:
“Unos no me escuchan. Otros se ríen. No les hago caso. Pero de vez en cuando alguien discute conmigo. Se enfadan. Claro, se enfadan porque digo la verdad. A ningún genio le entendieron en su época. ¿Sabes quién era Lorca? Bueno da igual; un genio, era un genio. El mejor poeta de todos los tiempos. Hay otros pero Lorca escribía como si fuera a vivir siempre.”
Antes de que me diese cuenta estaba declamando Las nanas de la cebolla. Casi todo el mundo nos mira. Caras de: ya está otra vez el “colgao” este. Luego me miran a mí, buscan complicidad. Lo llevan claro.
El genio sigue hablando. Se desahoga. Está borracho, la última copa se le ha subido por completo. Cada vez que abro la boca acelera sus palabras para callarme. Entiendo que no se ha quedado a mi lado para oír lo que tiene que decir otra persona que no le entiende. Escucho sus teorías durante casi una hora. No se me hace larga pero me duele la cabeza. Puede que tenga algo que ver que me he bebido unas diez cervezas.
Cuando termina vuelve a ponerse el sombrero. Acabo de darme cuenta de que se lo había quitado. Será que sólo se lo quita para las cosas importantes. Pide la cuenta. Protesta. Le parece caro. Mira el reloj y se baja del taburete con dificultad.
-Me voy, que si no ésta me va a matar. Siempre está con lo mismo. Es una puta. Encima no quiere chupármela; y eso que yo le doy gusto en todo. -Continúa dándome más datos de los deseables. Delicado no es, ya sé.
-Adiós. Cuídate.
-Ya me cuido. –Dice dándome la espalda. Abre la puerta murmurando y se va caminando a la salud de la letra “S”.
Es tarde. Va siendo hora de recogerse. Voy primero al baño. Me lavo las manos, hay un espejo sobre el lavabo. Miro mi despejada cabeza. Me paso la mano por las ideas. Pienso en cómo me sentaría un sombrero.
capítulo III
por Antolín Amador Corona 5 reclamaciones
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